Cuando se habla del
concepto de destino muchos pensamientos surgen sobre el mismo. Concepciones más
tradicionalistas atribuyen a los sucesos importantes en la vida un curso que ha
sido marcado por el destino, cual si este fuera en realidad una entidad viva
que mueve los hilos de las vidas. Para ser justos con esta concepción más
inclinada a culturas del tipo de las que fenecieron hace muchos miles de años,
cuando a todos los fenómenos inexplicables se les atribuía una motivación
divina, se debe aclarar ciertos puntos.
La divinización de los
fenómenos no era una acción exclusiva a los que se manifestaban de manera
física sino que contemplaba otros aspectos menos visibles, pero no por ellos
menos reales, de la vida humana. Es debido a la existencia de la consciencia y
el sentido de la realidad que percibimos que surge la pregunta sobre la razón
de la vida. Nuestra tendencia, como seres conscientes, a llenar vacíos llevó a
culturas antiguas a recrear sus explicaciones con simbolismos que representaran
las características que se percibían de aquellos fenómenos. De esta manera los
simbolismos se propagaron y multiplicaron formando toda una mitología que
explicara cada fenómeno perceptible del universo. El destino entonces adquirió
los matices mitológicos y su simbolismo trascendió las barreras del tiempo. Es
importante señalar que al reunir las características de una entidad existente,
se crea una dualidad entre el observador o experimentador, es decir el ser
humano y su consciencia, y entre los sucesos que acontecen en su vida,
adquiriendo con ello una independencia sobre la voluntad del sujeto ajeno a su
propia existencia. También en muchos casos se creía que este destino ya estaba
escrito, es decir tenía una pre-existencia, por la cual todo lo que sucede es
una simple puesta en marcha de un plan, o una repetición de algo que ya
sucedió.
Trasciende que esta
concepción no es del todo equivocada. Desde el inicio del último Bing Bang el
universo es sólo el producto y acumulación de una cadena de eventos vinculados
a una generalización de la tercera ley de Newton: a toda acción hay una
reacción. Todo evento que ha ocurrido tiene otro precedente que lo ha
ocasionado, esto desde el punto de vista de la física. Pero no podemos negar
que esto es una verdad universal que no sólo contempla el campo de la materia
sino también al universo inmaterial de los pensamientos y sentimientos. Según
esto, todo está en capacidad de ser explicado. Pero para que todo pueda ser
explicado sería necesario conocerlo todo, incluso cosas que nuestros sentidos
clásicos no pueden percibir. Permítanme ser más claro.
El término quizás no sea
que esté en “capacidad” sino que tiene el “potencial” de ser explicado, mas
nuestras capacidades limitadas no pueden hacerlo. Un científico duro
seguramente sonreirá con confianza con esta afirmación, pero iré más allá. La
ciencia se ha construido bajo la premisa de que tiene el potencial de
explicarlo todo, sólo que no puede explicarlo todo aún. No podría estar más de
acuerdo sino fuera porque existirá un límite definido por el grado de evolución
y desarrollo de la consciencia humana, sus capacidades intelectuales y lo
limitado de sus sentidos. Como hablamos del destino, y éste está asociado al
fenómeno sensorial de la cuarta dimensión que percibe la consciencia, enfocaré
la relación entre ésta y su potencial explicativo. Dado que todo hecho precede
a otro es posible, en teoría, predecir el futuro. El grado y la profundidad de
la predicción estarán dados por la magnitud de conocimiento que tengamos de los
hechos precedentes y del comportamiento de la naturaleza en ciertas
circunstancias. Los modelos estadísticos nacen de esta observación. Si toda
acción nace de una acción precedente… ¿no se podría afirmar en cierto sentido
que todo lo que ocurrirá ya está determinado por el conjunto de acciones
precedentes sean estas materiales o inmateriales?
Si recordamos que se
explicó anteriormente que la consciencia está ligada a la existencia de lo
material y viceversa, deberíamos aceptar esta afirmación. Los fenómenos físicos
y químicos que ocurren en el cerebro y que generan la consciencia humana, en
conjunto con los fenómenos sensoriales que perciben de su entorno y la
interpretación que se hace de ello, generan lo que somos como personas,
nuestros pensamientos, sentimientos y acciones. Somos productos de
interrelaciones en varios niveles.
Esto nos lleva a revisar
otra concepción del sentido de destino, en la cual nosotros somos capaces de
formar ese destino con nuestras propias acciones. Y entonces nos situamos ante
otra paradoja.
Desde el punto de vista
de la consciencia humana tenemos la percepción de que somos dueños de nuestros
pensamientos y acciones. Y esto es también una realidad… hasta cierto punto. Ya
que la consciencia no puede percibir todos los fenómenos que ocurren y que lo
afectan directa o indirectamente (recordemos el entrelazamiento cuántico), y
menos aún procesar tal cantidad de información de manera inmediata para tomar
las decisiones, incluso las más triviales; esta incapacidad le permite a la
consciencia tomar el control y no percibir que sus acciones y pensamientos son
producto de un sinfín de sucesos. La ignorancia es felicidad.
Sería muy irresponsable
de mi parte no considerar que incluso el párrafo anterior afectará a quien lo
lea, aunque fuera en una cantidad ínfima. Por ello me permitiré intentar unir
estas dos paradojas que hemos visto hasta ahora: ordenamiento del caos y
voluntad involuntaria.