Uno de las principales
discusiones que se da sobre el origen, no sólo de la vida, sino del universo
entero, es sobre su inicio. Para sentar los precedentes de esta discusión
debemos presentarlas como es debido.
Primero tenemos las
creencias mitológicas, que atribuyen el universo y por consecuencia la vida, a
la voluntad de un dios (o dioses). Sin el nacimiento de la ciencia moderna, la
humanidad entera estuvo supeditada a estas creencias por miles de años, y aún
en estos tiempos, mediante las religiones se mantienen estos mitos en muchos
casos ignorando la función que les correspondía y tomándolo de manera literal.
Con el desarrollo de la
ciencia, la observación y la tecnología pudimos descubrir y actualizar nuestros
conocimientos hasta el punto de determinar en teoría que el universo tal como
lo conocemos se originó en un “Big Bang” cuando todo lo que existe se
encontraba concentrado en un solo punto que luego mediante una explosión
fabulosa inició su expansión, expansión en la que nos encontramos actualmente.
Claro está, este es sólo uno de varios modelos cosmológicos acerca del origen
del universo.
El término “inicio” en sí
resulta ser engañoso. Veamos que en las creencias mitológicas hay un profundo
arraigo al ego o la consciencia, pues se determina un inicio del universo o del
mundo existente conforme aparece la consciencia. “Pienso luego existo”. También
podría determinarse como un “soy consciente del universo, luego este existe”.
Desde el punto de vista objetivo materialista esta analogía podría ser incorrecta
ya que la materia sigue ahí independientemente de si es percibida o no por un
organismo consciente. Extendamos este concepto un poco más dentro del punto de
vista mitológico. La aseveración anterior resulta no ser del todo exacta ya que
en diferentes mitos religiosos el ser humano fue “creado” posteriormente,
entonces se entendería que existiría una consciencia anterior (divina) creadora
del universo, pero surge una vez más la pregunta de si esta consciencia divina
tendría que existir para percibirse a sí misma.
Si tomamos el sentido de
las narraciones descritas en las religiones hacia su verdadera función
filosófica como explicación simbólica del universo y añadimos los datos
conocidos hasta ahora mediante la ciencia en sus modelos de física estándar y
cuántica podemos determinar que nada de esto es un disparate. Dios, esto es, el
universo, siempre debe haber existido y por tanto no existe un inicio.
Según la ley de la
conservación de la energía, esta no se crea ni se destruye, sino que sólo se
transforma. Para que el todo pueda existir debe haber existido siempre. Pueda
ser un concepto difícil de digerir cuando entendemos el tiempo como algo
unidireccional e implícito como una dimensión más del universo. El tiempo es
relativo porque depende de la consciencia, ésta sólo puede percibir el universo
de manera unidireccional y limitada a la existencia del propio organismo que la
percibe. Siendo que la energía no se crea ni se destruye, y bajo el postulado
que la materia propiamente es energía en estado potencial, todo lo que existe y
existirá es materia o energía, que simplemente son estados de un mismo
concepto.
El origen de la
consciencia es un asunto más difícil de dilucidar, pero es un punto clave. Ya
que la deducción del origen del mundo
físico en un estado ajeno al tiempo, o digamos en un tiempo infinito, sin un
comienzo o un fin, nos puede tentar hacia la deducción de que la consciencia
también siempre debe de haber existido. Probar este asunto es una de las
dificultades de las que se señalaron en la introducción de este libro. ¿Es la
materia la que crea la consciencia, o al revés?
En el universo cuántico se
rigen leyes diferentes a las del modelo estándar de la física. Digamos que a
niveles subatómicos la naturaleza de las partículas se comporta diferente a las
que conocemos para el mundo visible. Una propiedad en particular enuncia que el
comportamiento de una partícula varía según la perspectiva del observador, como
si su consciencia influyera definiendo su mundo, que antes de su observación o
percepción es un conjunto de eventos potenciales. Entonces podría deducirse que
para cada universo físico corresponde una consciencia que la “crea”. Con el
Bing Bang esta consciencia se dispersó al igual que la materia de un solo punto
a la totalidad del universo que existe ahora. La distribución de la materia a
lo extenso del universo está sujeto a las leyes conocidas de la física como la
gravitación pero igualmente hay eventos que no parecen corresponder con las
predicciones de los físicos sobre cómo debería comportarse esta materia. Esto
fue antes que se descubriera la presencia de dos componentes del universo que
de por si resultan ser el 91% del universo. Hablamos de la materia oscura y la
energía oscura.

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