viernes, 6 de marzo de 2015

DESTINO Y SENTIDO (parte I)

Cuando se habla del concepto de destino muchos pensamientos surgen sobre el mismo. Concepciones más tradicionalistas atribuyen a los sucesos importantes en la vida un curso que ha sido marcado por el destino, cual si este fuera en realidad una entidad viva que mueve los hilos de las vidas. Para ser justos con esta concepción más inclinada a culturas del tipo de las que fenecieron hace muchos miles de años, cuando a todos los fenómenos inexplicables se les atribuía una motivación divina, se debe aclarar ciertos puntos.
La divinización de los fenómenos no era una acción exclusiva a los que se manifestaban de manera física sino que contemplaba otros aspectos menos visibles, pero no por ellos menos reales, de la vida humana. Es debido a la existencia de la consciencia y el sentido de la realidad que percibimos que surge la pregunta sobre la razón de la vida. Nuestra tendencia, como seres conscientes, a llenar vacíos llevó a culturas antiguas a recrear sus explicaciones con simbolismos que representaran las características que se percibían de aquellos fenómenos. De esta manera los simbolismos se propagaron y multiplicaron formando toda una mitología que explicara cada fenómeno perceptible del universo. El destino entonces adquirió los matices mitológicos y su simbolismo trascendió las barreras del tiempo. Es importante señalar que al reunir las características de una entidad existente, se crea una dualidad entre el observador o experimentador, es decir el ser humano y su consciencia, y entre los sucesos que acontecen en su vida, adquiriendo con ello una independencia sobre la voluntad del sujeto ajeno a su propia existencia. También en muchos casos se creía que este destino ya estaba escrito, es decir tenía una pre-existencia, por la cual todo lo que sucede es una simple puesta en marcha de un plan, o una repetición de algo que ya sucedió.
Trasciende que esta concepción no es del todo equivocada. Desde el inicio del último Bing Bang el universo es sólo el producto y acumulación de una cadena de eventos vinculados a una generalización de la tercera ley de Newton: a toda acción hay una reacción. Todo evento que ha ocurrido tiene otro precedente que lo ha ocasionado, esto desde el punto de vista de la física. Pero no podemos negar que esto es una verdad universal que no sólo contempla el campo de la materia sino también al universo inmaterial de los pensamientos y sentimientos. Según esto, todo está en capacidad de ser explicado. Pero para que todo pueda ser explicado sería necesario conocerlo todo, incluso cosas que nuestros sentidos clásicos no pueden percibir. Permítanme ser más claro.
El término quizás no sea que esté en “capacidad” sino que tiene el “potencial” de ser explicado, mas nuestras capacidades limitadas no pueden hacerlo. Un científico duro seguramente sonreirá con confianza con esta afirmación, pero iré más allá. La ciencia se ha construido bajo la premisa de que tiene el potencial de explicarlo todo, sólo que no puede explicarlo todo aún. No podría estar más de acuerdo sino fuera porque existirá un límite definido por el grado de evolución y desarrollo de la consciencia humana, sus capacidades intelectuales y lo limitado de sus sentidos. Como hablamos del destino, y éste está asociado al fenómeno sensorial de la cuarta dimensión que percibe la consciencia, enfocaré la relación entre ésta y su potencial explicativo. Dado que todo hecho precede a otro es posible, en teoría, predecir el futuro. El grado y la profundidad de la predicción estarán dados por la magnitud de conocimiento que tengamos de los hechos precedentes y del comportamiento de la naturaleza en ciertas circunstancias. Los modelos estadísticos nacen de esta observación. Si toda acción nace de una acción precedente… ¿no se podría afirmar en cierto sentido que todo lo que ocurrirá ya está determinado por el conjunto de acciones precedentes sean estas materiales o inmateriales?
Si recordamos que se explicó anteriormente que la consciencia está ligada a la existencia de lo material y viceversa, deberíamos aceptar esta afirmación. Los fenómenos físicos y químicos que ocurren en el cerebro y que generan la consciencia humana, en conjunto con los fenómenos sensoriales que perciben de su entorno y la interpretación que se hace de ello, generan lo que somos como personas, nuestros pensamientos, sentimientos y acciones. Somos productos de interrelaciones en varios niveles.
Esto nos lleva a revisar otra concepción del sentido de destino, en la cual nosotros somos capaces de formar ese destino con nuestras propias acciones. Y entonces nos situamos ante otra paradoja.
Desde el punto de vista de la consciencia humana tenemos la percepción de que somos dueños de nuestros pensamientos y acciones. Y esto es también una realidad… hasta cierto punto. Ya que la consciencia no puede percibir todos los fenómenos que ocurren y que lo afectan directa o indirectamente (recordemos el entrelazamiento cuántico), y menos aún procesar tal cantidad de información de manera inmediata para tomar las decisiones, incluso las más triviales; esta incapacidad le permite a la consciencia tomar el control y no percibir que sus acciones y pensamientos son producto de un sinfín de sucesos. La ignorancia es felicidad.

Sería muy irresponsable de mi parte no considerar que incluso el párrafo anterior afectará a quien lo lea, aunque fuera en una cantidad ínfima. Por ello me permitiré intentar unir estas dos paradojas que hemos visto hasta ahora: ordenamiento del caos y voluntad involuntaria.



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