Es ahora, cuando vuelvo a volcarme profundamente en mi interior, que veo lo engañosa que resulta esta palabra o lo confundido que yo estaba. Era en el momento que alcanzara todos esos elementos en que presentía que alcanzaría la realización, aun cuando los medios para alcanzarlos no estuvieran lo suficientemente claros. A pesar que durante muchos años me sabía contaminado por el sistema e inicié un proceso de catarsis, no dirigí la misma atención hacia algunos de esos conceptos aprendidos y a los cuales aún a pesar de todo aspiraba de forma inconsciente. La idea de bienestar estaba plagada de contradicciones. Observaba las ambiciones de los que me rodean sintiendo de inmediato una desconfianza que reflejaba mi propia paradoja. ¿Cómo podía criticar la falta de sustancia y sentido en los demás y no verla en mí? Sin embargo ahí estaba. Lograr divorciar el concepto de éxito de aquellas aspiraciones fue algo más difícil, algo que inició el año pasado y que logré afianzar en el presente.
Ahora no me resulta tan ignominioso ver cómo se propaga las ambiciones materiales como una idea de éxito, aunque no tengan nada que ver. Estas sólo reflejan el progreso dentro de un sistema capitalista, no indican el nivel de bienestar sino de comodidad, no guían la realización humana como no sea dentro de parámetros, hitos que uno debe cumplir para sentirse un ciudadano realizado, mas no una persona realizada. La próxima vez que intentes juzgar a alguien, incluso a ti mismo, midiendo tu éxito por las posesiones o hitos sociales, recuerda que ellas no reflejan lo que tú eres, sino el valor que posees tú como objeto para un sistema ajeno sin pensar en tu individualidad. Eso se llama progreso, en una escala diseñada por otras personas. El éxito está relacionado a tu realización como persona y está ligado a tu propósito de vida, y eso, nada tiene que ver con nuestras ambiciones.